El silencio...

El silencio...
...debe romperse

domingo, 13 de marzo de 2011

Dolores Claiborne (1995)

Dolores Claiborne: El dolor es un lugar físico.
Director: Taylor Hackford
Guión: Tony Gilroy, basado en la novela homónima de Stephen King
País: U. S. A.
Duración: 132 min.

Dolores: Un nombre que describe completamente a la protagonista de esta película, cuyos padecimientos parecen transmitirse de generación en generación. A veces parece que la infelicidad no se busca sino que se nace con ella o se gana como un premio que no queremos. Y no se plantea aquí la infelicidad inherente a las carencias, sino de la zozobra que nos habita y que nos impide llevar una vida tranquila. La infelicidad de apenas sobrevivir cuando deberíamos estar vivos. Una cotidianidad acogedora, en un lugar que sintamos propio rodeados de seres que nos necesitan y están juntos por voluntad y no por obligación.

A veces la infelicidad es algo que se elige, incluso inconscientemente. Las mujeres de la familia Claiborne son víctimas de sus propios sentimientos; aman o creen amar a hombres que son incapaces de valorarlas o bien se han equivocado al escoger un hombre con el que no hay un futuro posible. El paso de los años construye una cadena que las hace incapaces de apartarse de su miseria, y se acostumbran así a un destino donde lo único cierto es la desdicha. Si, son mujeres fieles... a sus dolores.

Idealmente, es en la familia donde las personas inician el camino hacia la adultez. La familia de Dolores es un pequeño infierno donde solamente se puede aprender que la infelicidad está a la vuelta de la esquina y que una manera de defenderse es acostumbrarse: se nace infeliz, se vive infeliz e infeliz se muere. Estas mujeres se reunen para observar su dolor, reflejado en las vidas de las otras. Después de todo, quizá el amor pueda servir para hallar un camino hacia una situación diferente.

Estar bien cuesta. Sobre todo por qué no sabemos cómo estar bien. No tenemos una guía de ruta para transitar el sendero de nuestra vida. No sabemos qué es lo que necesitamos para estar bien o cómo conseguirlo y frecuentemente el fallar en la búsqueda nos lleva a desistir, pensando que la felicidad es un estado de ánimo sobrevalorado. Pero la felicidad es nuestra definitiva razón de ser, lo único con lo que contamos para que nuestras penas no sean más fuertes que nosotros mismos.

Estas mujeres no saben reír ni llorar. Tendrán que aprenderlo entre sí, del hecho mismo de estar juntas. Tendrán que descubir que vale la pena seguir con vida, al menos por curiosidad... por saber qué les depara el destino.

lunes, 18 de octubre de 2010

Satanás (2007)

Satanás: El común denominador

Director: Andrés Baiz
Guión: Andrés Baíz, basado en la novela de Mario Mendoza
Protagonistas: Marcela Mar, Damián Alcázar, Blas Jaramillo
País: Colombia
Duración: 95 min

La maldad ha fascinado desde siempre a los seres humanos. El paso del tiempo o las diferentes circunstancias, cambian las categorías de lo que consideramos malo o bueno. Pero hay algo que consideramos maldad pura y nos inquieta ¿de qué seríamos capaces si nos vemos forzados? A veces hemos probado “el sabor de la sangre” pero siempre pensamos que hay un límite de lo normal, que no seríamos capaces de atravesar. Al fin y al cabo somos esencialmente buenos, es la sociedad la que nos corrompe... Y si no es así, al menos nos insensibiliza. Basta observar el fenómeno de los medios de comunicación: el mal se ha vuelto algo cotidiano, una cifra, una estadística. A lo sumo un golpe que nos conmueve durante unos cuantos minutos, mientras un golpe mayor nos hace reaccionar nuevamente, hasta que no reaccionamos más. No vemos las cicatrices que nos recuerdan lo ocurrido, que nos dicen que aquí, SI ha pasado algo. No tenemos memoria y, en cambio, tenemos la famosa memoria selectiva, nuestro mecanismo de defensa para evadir lo que nos afecta, lo que debería afectarnos.

Cada día trae su propio afán y, sin embargo, nos consumimos por un futuro que no sabemos si vamos a ver o no. Y cada día trae también la rutina o el hambre, el estrés del trabajo o la indiferencia, los problemas sentimentales o los trancones en la calle, la impuntualidad o la corrupcion y la impunidad. Son factores que nos hacen seres violentos, extraños, extranjeros, girando en el deteriorado carrusel de las relaciones humanas que jamás ha ido para ninguna parte. Un tránsito eterno, sin destino alguno. No hemos aprendido nada de nuestra experiencia y menos aún de la experiencia ajena. Cada vez somos más hipócritas, menos amables, menos dignos de confianza. Nuestros mecanismos de defensa nos han aislado, haciéndonos más indiferentes. El olvido es una regla, una parte de nuestra identidad que no nos salva de nada, que ya no es una bendición.

Ése olvido crece y se reproduce. Vivimos en un país que todo lo admite y en el cual para todo encontramos una justificación. Realmente nos hemos convencido de que Dios vela por nosotros y ha hecho del nuestro el mejor de los países posibles. Por eso pensamos que es normal lo que hace Paola – el personaje interpretado por Marcela Mar – al ser, al fin y al cabo, una manera de equilibrar la balanza. Quizá en algún momento lo que buscábamos era la Justicia... ahora simplemente queremos nivelar la balanza a como dé lugar. De la Justicia, nuestro antiguo objetivo, sólo nos queda la ceguera. Y el mal nos sigue pareciendo fascinante, sagrado hasta el punto de no querer interrogarlo, ajeno a nosotros... como si no fuera humano.

La eterna pregunta por la existencia de Dios se traduce ahora en la pregunta por su utilidad. Entre lo humano y lo divino, en el extenso terreno que separa el bien del mal se encuentra el personaje interpretado por Blas Jaramillo. Harto ya de estar harto, sin fuerzas ya para luchar por una sociedad decadente, incapaza de acompañarse a sí misma, de consolarse a sí misma y encontrar un camino. Entre una sociedad así y sus creencias espirituales ¿con quién terminaría uno identificándose si es un tanto realista? El sacerdote se siente incapaz para ayudar, no tiene la capacidad moral para hacerlo, la sociedad se le salió de las manos y prefiere unirse al enemigo que combatirlo.

El mal anida en nosotros. Tan dentro que no podemos verlo salvo a una considerable distancia, como una componente más del paisaje. “Satanás” nos muestra a una Bogotá inmersa en un país vulnerable y débil, que se desploma por la indiferencia, el frío del alma y las constantes disculpas. Eliseo es víctima de su propia locura, su incapacidad de comunicarse con todo y con todos, incluso con su familia. Se cree obligado a hacer algo, a hacer justicia, con el espantoso desenlace que ya conocemos.

“Satanás” es una película arriesgada. Se siente como un golpe contundente que muestra a una Bogotá real, que tal vez no nos gusta. No hay gente amable, y el único color brillante es el color de la sangre. Está basada en la novela homónima de Mario Mendoza, quien conoció a su protagonista y nos ofrece un original punto de vista de la situación. Es una película que cuestiona e impresiona, hecha con extremo cuidado y seriedad, con camaradería y amor al buen cine.

martes, 20 de julio de 2010

Closer (2004)

Closer: La vida en el acuario.

Director: Mike Nichols
Guión: Patrick Marber
Protagonistas: Natalie Portman, Jude Law, Julia Roberts, Clive Owen
País: Estados Unidos
Duración: 104 min.

Closer significa “más cerca”, “más de cerca”. En efecto la película es una mirada más cercana, más íntima, a los comportamientos humanos. Señala Milan Kundera en “La Inmortalidad” que hay mucha gente, pocos gestos. De la misma manera hay mucha gente y muy pocos comportamientos posibles. Basta con cuatro personajes para ilustrar los más relevantes. Sin embargo, a pesar de que haya tan pocos comportamientos, en los sentimientos nadie tiene la última palabra. No hay garantías de que lo que empieza bien termine bien. No hay garantías en absoluto. En la primera escena Alice y Dan se miran, se enamoran. Luego miran en direcciones distintas, quizá saben que todo puede fallar y sin embargo se abandonan a ese sentimiento, esperando lo mejor. Esperando algo.

El afiche de “Closer” muestra a los protagonistas mirando de frente al espectador. Dice: “Cuando crees en el amor a primera vista nunca dejas de buscar”. Nunca. Quizá ni siquiera cuando crees ya estar enamorado. ¿Es realmente posible amar a un extraño con sólo verlo? Algo que concierne a la mirada y a los extraños, a “mirar a un extraño”, atraviesa esta película de seres que teniendo un universo de posibilidades prefieren restringir sus reacciones y sentimientos, como los peces que aprenden a vivir en un acuario a pesar de haber conocido la amplitud del océano. Anna, Dan, Larry y Alice viven en una pecera de aguas transparentes, pero turbulentas. Un espacio pequeño, pero desconocido porque no hay peor ciego que el que no quiere ver: llevados por el deseo no son lo suficientemente fuertes para confrontarse y descubrir que están solos, que son débiles, que necesitan protección y compañía. La batalla de los sexos sigue sin un resultado definitivo, porque los hombres, pertenecientes al llamado sexo fuerte, son dependientes y necesitan comprobar siempre que tienen la razón.

Pero esa primera vista no es más que un detonante. Es suficiente para encender la llama, pero no para que la llama perdure. No basta con el instinto de momento. La constancia y la lealtad son las bases sobre las que se construye realmente una relación, que puede o no funcionar. Solo se puede esperar que una relación funcione cuando somos capaces de mirar más de cerca a nuestro compañero. Pocas cosas son tan secretas como una vida humana. ¿Qué es lo que nos hace pensar que podemos captarla de un vistazo? A pesar de las duras lecciones de la experiencia, seguimos esperando un milagro que resuelva nuestras necesidades; confiamos en una señal después de la cual nos comprometeremos y tomaremos las riendas de nuestra vida. ¿En qué momento nos convencemos de semejante mentira? Las cosas que importan requieren nuestro sacrificio, mejor aún, requieren de nuestra participación activa, de algo más que una paciente espera.

Casi nada es como queremos, a no ser que seamos capaces de actuar, de hacer algo. Son las acciones las que nos construyen como personas, no las mentiras que nos decimos o les decimos a los demás.

Closer es una película brillante, con un ritmo intenso que usa constantemente la elipsis para mostrarnos solamente lo indispensable en las vidas de estos cuatro personajes que todos hemos sido en algún momento y, así, cada diálogo es un espejo en el que es posible observarnos. Como peces en un acuario, metáfora de un mundo que cada vez se nos hace más pequeño y nos obliga a soportarnos, aceptarnos e incluso ampararnos unos a otros.