El silencio...

El silencio...
...debe romperse

domingo, 27 de julio de 2014

Beginners (2010)

Principiantes: El sentido de la honestidad

Director: Mike Mills
Guión: Mike Mills
País: Estados Unidos
Duración:105 min.
Una de las invitaciones que más se nos hace desde diferentes fuentes (por ejemplo la publicidad) es a “vivir el momento presente”. El pasado y el futuro se muestran como entidades sobre los que no tenemos ningún control. Sin embargo, quienes realmente viven el momento presente sin preocupaciones por el futuro o sin remordimientos, son vistos como bichos raros, vagabundos improductivos sin Dios ni ley que más que un ejemplo constituyen una amenaza. En la vida real muchos de nosotros vivimos aterrados por la incertidumbre del mañana y atados por las cadenas de las decisiones que tomamos ayer. Y, sin embargo, tal vez no haya otra manera de vivir como no sea viviendo el momento presente: pero no en el sentido de aislarlo del futuro y del pasado, sino entendiendo que la profunda relación de causa y consecuencia que hay entre los hechos de nuestra vida si está, hasta cierto punto, bajo nuestro control.

Cuando comprendemos cuánto depende de nosotros nuestra vida, descubrimos que también somos autónomos en cuanto a nuestro tiempo y que no es solamente el calendario el que determina qué podemos hacer y qué no. Nunca es tarde para aprender algo nuevo aunque eso signifique transitar un nuevo camino, abrir una puerta que siempre estuvo cerrada o, en definitiva,  hacer algo que nunca antes habíamos hecho. Solamente entonces podremos sentir que algo realmente nuevo aparece en nuestra existencia y descubrimos que todavía hay algo que podemos compartir, algo que darle al mundo. Compartir parece ser una palabra que cada vez nos cuesta más. Tal vez por eso las relaciones interpersonales se hacen cada vez más complicadas, incluso con las personas de nuestra familia. Optamos por el encierro y el aislamiento, hemos olvidado que somos seres gregarios y nos comportamos como criaturas salvajes que lamen sus heridas en silencio, desengañados del mundo.


Desde la infancia se nos enseña a ser honestos y si la honestidad es uno de los valores más difíciles de aprender, quizá sea porque se nos enseña a ser honestos con el otro, como un servicio que le hacemos al mundo. Solamente el tiempo nos enseña a ser honestos con nosotros mismos. “Principiantes” gira en torno al riesgo que supone no mentirse a sí mismo: mediante un argumento mesurado vemos a seres de carne y hueso que se hacen preguntas cuyas respuestas a veces dan miedo. No mentirnos a nosotros mismos supone entender que el mundo no nació con nosotros y seguirá ahí cuando nos hayamos ido, por lo tanto no tenemos por qué marchar siempre a su velocidad y mejor encontrar nuestro propio ritmo. Entender que nuestros sentimientos cambian, que por caminos no transitados es fácil perderse y hacerse daño, incluso dañar a otros. Progresivamente vemos como cada aprendizaje no nos puede dejar indiferentes y nos hace menos torpes.

Parte de aprender a ser honesto con uno mismo es descubrir la naturaleza del vínculo que inevitablemente tenemos con el resto del mundo. A través de la comprensión del otro también podemos aprender cosas sobre nosotros mismos, siempre y cuando nos acerquemos sin la intención de hacer juicios, con la conciencia de que ir al universo del otro puede llevarnos un lugar extraño de silencio, de lágrimas o de desesperación. Quizá no sea lo que uno espera, pero vale la pena el esfuerzo. Nos enseña sobre lo que somos, nos ayuda a conocernos lo cual es muy difícil.

Si nos cuestionamos por la tristeza de nuestra existencia, tenemos que preguntarnos por lo que sentimos, por lo que vivimos, por lo que sabemos de nosotros mismos. La frustración no es buena compañera, nos lleva a la soledad impuesta, no voluntaria. ¿Cómo escapar a eso? Esta pregunta no tiene una respuesta clara. Pero sabemos que nos distanciamos de nuestros semejantes, que tenemos miedo de involucrarnos. Siendo honestos descubrimos que somos frágiles, y esto sin distinción de edad o clase. Descubrimos también que no somos los únicos con estas inquietudes. 
Uno de los muchos aciertos de “Principiantes” es su sencillez, la discreción con la cual pone de manifiesto que a veces la pantalla grande puede reflejar la cotidianidad, la fragilidad y la belleza de nuestra existencia. Contrario a lo que pensamos, hay muchas cosas que nos conectan independientemente de la cultura, el idioma o la ocupación, porque todos tenemos un espíritu y un cuerpo. Esas pequeñas cosas que tenemos en común son los grandes temas de la existencia, es lo que debemos enfrentar: lo que hace la diferencia entre asumir nuestra vida o seguir caminos trazados y facilitar nuestro paso por el mundo a costa de lo que somos.

domingo, 16 de febrero de 2014

Amour (2012)


Amor: Las cosas del querer.

Director: Michael Haneke
País: Francia, Alemania, Austria.
Duración: 127 min

Los vínculos afectivos son esenciales en nuestra existencia y hacen parte fundamental de ella. No solamente somos personas, somos siempre hijos y a veces hermanos, amigos, amantes o padres de otras personas. La etimología de la palabra “sujeto” remite a la sumisión: hay quien afirma que si somos sujetos es porque  estamos sujetos de los lazos interpersonales. ¿Por qué los llamamos lazos? Porque nos conectan, sí, pero también nos atan. Ninguna relación funciona si no hay ciertas reglas que cumplir y ciertos límites que respetar. Al final el tiempo tiene la última palabra. Solamente cuando el tiempo ha pasado podemos percibir qué tanto de nuestras buenas intenciones se materializó en hechos reales para construir afectos verdaderos.


Pasamos la vida buscando certidumbres y huyendo de las cosas que si tenemos seguras: el paso del tiempo y el final de la existencia. La vida no nos engaña, pero no queremos hacerle caso. No queremos saber de las señales que nos dicen que nuestro cuerpo registra el paso del tiempo y que finalmente nos vamos a morir. “Amor” es una película que nos enfrenta con estas realidades. Se dice por ahí que la vejez llega cuando nuestro espíritu envejece, pero llega un momento en que el cansancio del cuerpo nos pasa la cuenta de cobro. Es inevitable. Progresivamente el hastío nos va llenando, sin dejar espacio para nada más. Los protagonistas de “Amor” sienten esto, tan parecido a la muerte y, sin embargo, siguen vivos. Hay que ocupar el tiempo, ya sea porque quieren seguir dando la batalla o porque es lo que se espera de ellos.


No sentimos que los protagonistas de “Amor” estén a la deriva. ¿Qué sostiene a estos personajes? Se sostienen el uno al otro. ¿Qué ocurriría si uno de ellos falta? No hay una respuesta razonable. Es imposible estar preparado para la ausencia. A diferencia del amor, la muerte no es una abstracción. Ensaye el lector a explicar lo que es el amor y verá como las palabras se agotan antes de hilar algo coherente. La idea del amor nos engaña a la vez que nos revela los detalles más íntimos de nuestra personalidad; nos hace sufrir y puede darnos inmensas alegrías; puede, en últimas, extraer lo mejor y lo peor de nosotros.


Pero esa idea del amor se puede traducir en actos de amor. La perseverancia de una pareja, la tolerancia y la convivencia son manifestaciones del acto de amar. Decía La Rochefoucald que “hay personas que nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar nunca del amor”, haciendo evidente que hay todo un abismo entre la manoseada idea del amor y lo que un acto de amor significa. La voluntad de construir algo es esencial y esto cada vez parece más lejano cuando nos movemos en una vitrina de seres humanos con la pretensión absurda de encontrar un ser perfecto en alguna parte. Dicen estar “cansados de besar sapos” como si realmente se merecieran algo diferente.  


“Amor” es un homenaje a los actos de amor sinceros que no siempre  se producen para procurar placer. Es una celebración del verdadero amor que quiere evadir la muerte y ser la parte de nosotros que trasciende.